Del otro lado del mostrador

P3 no nació como un negocio. Nació en una pista de karting.

Mi hijo empezó a correr y me encontré del otro lado del mostrador: un papá golpeando puertas para conseguir sponsors. Y me di cuenta de algo incómodo. Llevo treinta años ayudando a empresas a contar lo que hacen, y para mi propio hijo estaba haciendo lo mismo que hacen todos: pedir.

Lo que se aprende pidiendo

Pedir sponsoreo para un deportista que empieza es pedir sobre algo que todavía no existe. No hay números, no hay prensa, no hay alcance que mostrar. Hay esfuerzo, talento y constancia, que son justamente las cosas que una carpeta comercial no sabe transmitir.

Del otro lado, la marca recibe decenas de pedidos parecidos. Todos con logo en el casco, todos con promesa de visibilidad. Ninguno con una razón para elegir ese y no otro.

Es el mismo problema que veo en las empresas todos los días, pero sentido en carne propia.

Hacer lo que sé hacer

Así que hice lo que sé hacer. Puse a trabajar lo que tengo: equipo, producción, software. Armé algo alrededor de esa historia. Después se sumaron otros deportistas, empezamos a hacer entrevistas, apareció la tienda, las subastas, hasta un juego sobre dinero y decisiones.

Y en algún momento me di cuenta de que ya no estaba pidiendo. Tenía un escenario.

Hay infraestructura que funciona, hay audiencia, hay acciones que pasan de verdad. Y hay conversaciones con empresarios a los que antes no llegaba, porque nadie se sienta a escuchar un pedido, pero mucha gente acepta sentarse a conversar sobre lo que le costó llegar hasta donde está.

De pedir a convocar

Lo que cambió no fue el esfuerzo. Fue la posición. Cuando pedís, competís por atención contra todos los que también piden. Cuando convocás, la gente elige estar.

Ahí entendí algo que en P3 resumimos en una frase: el deportista no es tu canal, es tu historia. Una marca que pone plata por un logo compra un espacio. Una marca que entra en una historia compra un lugar en algo que la gente quiere ver.

Y descubrí que deportistas y empresarios hablan el mismo idioma. Un piloto que entrena años para una carrera y un dueño que sostiene una empresa durante veinte años pagan facturas parecidas: lo que dejaron de hacer, lo que se jugaron, lo que todavía no se ve. Por eso P3 se está convirtiendo en un lugar donde esas dos historias se cruzan.

Lo que todavía no resolví

Hay dos cosas que tengo abiertas, y prefiero escribirlas antes que esconderlas.

La primera es separar al papá del operador. P3 empezó por mi hijo, y un proyecto que gira alrededor de un solo deportista se lee como una campaña familiar, por mejor armada que esté. Para que sea un escenario de verdad, tiene que haber muchas historias, no una.

La segunda es que P3 me encuentra con ganas de un modo que pocos trabajos logran. Me pongo la remera para dar una charla. Eso es valioso, y también es un riesgo: lo que uno siente propio tiende a recibir tiempo sin preguntas. Por eso le estoy poniendo reglas, fechas y un número que mirar.

Lo voy a ir contando acá.

Scroll al inicio